Lejos de la imagen novelesca de Pepe Carvalho o Poirot, los detectives españoles son los más preparados de Europa. Un grupo escaso -879 dados de alta, de ellos 229 en Madrid-, que hace frente a una demanda imparable y mueve más de 60 millones de euros al año. Conductas conyugales, absentismo laboral, fraudes, cobro de morosos y asuntos penales llenan sus agendas y sus días.

MADRID. «Los asuntos con los que peor lo pasas son los familiares en los que además sueles implicarte mucho. En algunos casos descubres que la situación que te había planteado el cliente no tiene nada que ver con la realidad y es al contrario. Me dediqué varias semanas a vigilar a una mujer, cuyo marido decía que ella le engañaba y por eso quería divorciarse y tener la custodia de los niños. Al final, la chica era una santa y él un caradura y no me quedó más remedio que decírselo», relata Javier Iglesias, presidente de la Asociación Profesional de Detectives Privados de España (APDPE), creada a principios de este año y que aglutina a la mayoría de estos profesionales.

Con 34 años de trabajo a sus espaldas lo ha visto casi todo y traza un panorama de cómo es el día a día de quienes actúan por encargo de ojos y oídos ajenos. «El detective está desposeído de cualquier protección porque la ley lo ha colocado en una posición compleja. Somos una especie de Ricardo Corazón de León en una cruzada particular», dice.

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