No son espías ni ‘hackers’ ni se parecen a James Bond. Los investigadores privados más preparados de toda Europa se reivindican: “Nuestro trabajo es crucial”

La calle paralela a la calle Ponferrada de Madrid se llama también Ponferrada y la siguiente, también. Y la de antes. Y la calle que cruza, la más grande, donde está El Palacio del Churro, también es la calle Ponferrada. A un lado están los número pares y en la acera de enfrente, los portales son pares también. Y aquí, oculto en este laberinto de espejos en el que es imposible orientarse sin un radar, en un bajo que parece el taller de un electricista, hemos quedado con Alberto Téllez, técnico especialista en electrónica de comunicaciones y detective privado.

Su despacho es una versión castiza del sótano de Q, el técnico que suministra gadgets a James Bond. Alberto tiene trastos viejos, como un magnetófono de bobina abierta que parece de la Stasi, y una maleta llena de cachivaches de última generación, un escáner de radiofrecuencia, una cámara termográfica, otra endoscópica o un aparato que técnicamente se llama detector de uniones no lineales, pero ellos, los detectives, lo llaman «escoba» porque barre cualquier dispositivo electrónico. Si tienes un micro tras el pladur, cámaras ocultas en la rejilla del aire acondicionado o cables bajo la moqueta, él los encuentra. «La mayor parte de la gente que nos llama nunca tiene nada», reconoce. Tiene también Alberto unos guantes naranjas fluorescentes para no dejar huellas en sus investigaciones. Se los pone y aquello parece de repente CSI, calle Ponferrada.

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